R E S E Ñ A S

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La fotografía de un maestro zen.

Alejandro Togores,.

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pintor, director de programa de TV en Canarias. 

He visitado la exposición de fotografías del Maestro Zen Dokushô Villalba “Al borde del Infinito”, que está abierta en el Museo de la Ciencia y el Cosmos de La Laguna. 

Después de verla he sentido el impulso de escribir algo sobre ella y creí que lo que quería hacer era un artículo ordenado desde el punto de vista de la forma y también desde el del contenido pero, he aquí que, ahora que estoy escribiéndolo, descubro que es un impulso más personal; me apetece, como la exposición misma, hacer algo más de corazón a corazón. Esto me lleva a empezar por lo que seguramente hubiese sido el final, la conclusión a la que hubiese llegado de manera razonada. De modo que empiezo diciendo que la exposición es una bocanada de aire fresco y profundo. Que es una invitación a mirar lo ordinario de esa manera que sólo los que han traspasado la barrera de la confusión pueden hacerlo, cosa que a no muchos artistas puede aplicarse, y que nos produce esa maravillosa sensación de familiaridad con algo que sabemos, tal vez, solamente por esa honda intuición, que sí que tenemos los humanos todos y que nos hace sentir la certeza de que se puede confiar; que nos hace saber que realmente sabemos y que nos permite experimentar en ese momento fugaz de olvido personal, por arrobamiento ante lo contemplado, que somos más creativos y ciertos que el papel que habitualmente desempeñamos y al que tanto nos apegamos. 

La fotografía en su corta andadura, no llega todavía a ciento setenta y cinco años, ha pasado de ser ese invento cuya misión principal era la de reproducir fielmente y transmitir el mayor caudal de información en el ámbito de lo representable a ser una nueva forma, un nuevo soporte para la expresión artística en cualquiera de sus visiones: representable, simbólica o abstracta. 

Con el Maestro Dokushô hemos llegado, tal vez con toda seguridad, a un espacio nuevo para el arte de occidente como es el ámbito de la consciencia. No encontraremos en la exposición fotos rebuscadas; no encontraremos ese testimonio, tan al uso en tantos fotógrafos del momento, de que lo vulgar y desarraigado existe; no encontraremos en “Al borde del Infinito” ni magia ni artificio y sin embargo las rocas familiares en cualquier paisaje, los árboles del borde del camino, los reflejos en las aguas, o la mariposa y su sombra, se vuelven fotos mensajeras de la armonía que percibe aquel que con mirada limpia percibe la realidad libremente, creativamente, sin la obligación de reproducir la idea que tenemos de la cosa llamada roca, árbol o reflejo ante cualquier reflejo, árbol o roca; encontraremos las fotos de alguien que, dejando atrás las ideas, ha podido ver y abismarse en el sorprendente mundo de la sabiduría sin nombres. San Juan de la Cruz al decir “sin saber sabiendo toda ciencia trascendiendo”, sugería, con toda seguridad, ese espacio de creatividad tan característico de los humanos como poco practicado. 

En Tenerife, donde tanto se aprecia la fotografía, estamos de enhorabuena ante esta exposición que nos sitúa no solamente ante una obra bien hecha, sino ante una mirada muy nueva e interesante de la fotografía, ante una muy sugestiva manera de hacer fotografía.


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Indeterminado, ilimitado, infinito.

Guillermo Sampedro,.

Antropólogo, investigador en Filosofía de la.

Comunicación Audiovisual, Universidad de Oviedo.

Dice Dokushô Villalba que la mirada es la eterna creadora de la realidad. Y es verdad que el arte visual es un lazo entre el fotógrafo y el espectador, un mensaje que transita entre mirada creadora y mirada recreadora, un recado de los dioses desde un alma infinita a otras almas igualmente abiertas. Resulta paradójico experimentar la realización del ser expresado en su apertura, en el ereignis heideggeriano –ereignis der ereignung: acaecer del evento- aquietado aquí por una mirada felina, escrutadora, que rescata de su ostracismo al objeto inanimado y lo conduce hacia su propio renacimiento.

Dokushô Villalba es un experimentado cosmonauta del alma y se define a sí mismo como un fotógrafo aficionado; a mí se me aparece más como un amateur, que es propiamente aquél que ama. Su fotografía es, en este sentido, erótica y alquímica; sus imágenes, que destilan la ternura y la rotundidad del abrazo entre Eros y Psiché, recorriendo el ciclo órfico que iguala los ámbitos de la vida y de la muerte, del movimiento cósmico y la fijeza del instante, nos acercan a otros mundos que están, sin embargo, en éste, según el célebre epigrama de Pound. Mundos hechos de tiempo-espacio que contienen el todo en la parte, cuadros desvanecidos de la memoria difusa, epifanías galácticas, bordes del universo que situara Kubrick en este tiempo y descubrimos en estos cielos y en estos acantilados, destellos de la materia densa aletargada en una hibernación obcecada o un sopor transtemporal, mineralidad meditativa y palpitante fugacidad de una naturaleza caprichosa que diseña microjardines zen en sus juegos ociosos. 

Asomarse a las exposiciones de Dokushô Villalba es poner el pie en el borde, allí donde las leyes convencionales quedan en suspensión, donde el detalle íntimo se transmuta en parábola del absoluto, donde luz y sombra esbozan contornos lábiles al compás del aliento y las partículas elementales se diluyen y reagrupan según el latir de un corazón enamorado. No en vano ya Platón, en su Fedro, establece el vínculo demiúrgico entre el amor, la expresión y el alma. Así, lo que Roland Barthes denomina punctum, ese resorte secreto que activa en una imagen una constelación de sentidos, no despliega aquí la matriz de la historia personal sino que nos arroja a la aventura de la existencia cósmica y, por decirlo de algún modo, a la era de la eclosión, cuando todos los seres coexisten en una armonía anterior a los nombres y a las diferencias; así se consuma la ceremonia del retorno al origen, el re-conocimiento por anamnesis, la escritura del mito en un alfabeto icónico. Y el rumor de la corriente onírica nos invita a preguntarnos por la otra mitad. ¿Qué es el soñador? ¿Qué es lo soñado? La mariposa de Chuan Zu…

Dejarse envolver en la danza de estas miradas purifica la pupila e impulsa el ánimo hacia una deliciosa experiencia contemplativa que nos devuelve a la magia y rescata la maravilla del mundo, el milagro de la vida. Un encuadre entrenado en el arte del acecho y del hallazgo inesperado del principio esencial que abraza todos los fenómenos, más allá de las categorías y de los dualismos idealistas. Las fotografías de Dokushô Villalba son sílabas sagradas de un canto primigenio, que es también el final de la curva del tiempo, resonando en un eco de eternidad. Eternidad entendida aquí en el apuntado sentido de plasmación del presente, instante a instante, eternamente. Es de esta manera que el ser del mundo deviene ser-en-el-mundo, fuego prometeico, hálito creador.

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