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Durante los días de carnaval estuve dirigiendo un retiro intensivo de
meditación zen en una zona aislada, como suelo hacerlo una vez al año
desde hace quince años. Terminamos el retiro justo el último día de
carnaval, el día de la gran noche final. Yo estaba cansado y esa noche me
acosté pronto mientras la ciudad de Santa Cruz hervía por los cuatro
costados.
A la madrugada del día siguiente me levanté temprano, aún no clareaba
el día. Cogí la cámara y "bajé" a la fiesta. Me encontré
con los últimos bailes, con las últimas sonrisas y también con los
restos del naufragio.
Alrededor de las nueve de la mañana, los ciudadanos
"normales" comenzaron a aparecer por la ciudad, mezclándose con
y asombrándose de la fauna humana que todavía pululaba por las calles y
los parques.
Este fue mi primer "reportaje". Tengo que confesar que lo pasé
muy mal, y también muy bien. Mal, porque nunca me había puesto delante
de la gente para fotografiarla. Mi tendencia hasta entonces había sido
penetrar en los pequeños detalles de la naturaleza: rocas, agua, mar,
montañas. Ponerse delante de seres humanos, especialmente en estas
circunstancias tan extraordinarias, se me antojaba difícil e incluso
violento.
Afortunadamente pude superar mi timidez inicial y apenas un ahora después
ya había entrado de lleno en la magia y en la comunicación con estos
seres humanos que apuraban los últimos minutos de la catarsis. También
tuve muchos momentos milagrosos en los que pude gozar con el gozo ajeno y
ver la ternura y la humanidad en medio de la desilusión y la tristeza.
Soy consciente de que este reportaje no es precisamente un trabajo
promocional del Carnaval. Son imágenes de la “bajada” después de
casi haber tocado el cielo. Es un reportaje de lo que queda cuando las
ilusiones se desvanecen. Es el carnaval after hours.
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